Poemas de Eleonora Rimolo
- Ediciones Letra Dorada
- 29 sept 2022
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 7 may 2023
La tierra originaria
“¿Qué es la tierra originaria?”. Eso me preguntaba al iniciar la lectura de esta obra, y eso me sigo preguntando. Aún me acompaña la perplejidad de dar con un cancionero de ciudad que ostente ese nombre. ¿Será la tierra originaria, acaso, algo parecido a la nostalgia? Sea lo que sea, en los siguientes párrafos intentaré dar mi impresión sobre este poemario que, estoy seguro, no pasará desapercibido, al menos en el futuro cercano.
Todo el poemario es un diálogo con un “tú”, en ocasiones contrapuesto al “yo” poético en un conflicto que a menudo toma la forma de un amor que atraviesa toda la obra: una presencia turbia como el aire de la ciudad y que se confunde con la ciudad misma: es un hogar y una cárcel, es el vínculo y a la vez el destierro de ese otro lugar que el animal de ciudad siempre añora sin poder siquiera vislumbrar su forma; es, en definitiva, una droga, que cura y mata a la vez. Los “Viajes” de la primera parte del libro podrían referirse a ciudades —sólo se menciona una: Sofiya—, pero también a amores que, como en el poema de Cavafis, son siempre el mismo lugar al que estamos condenados:
Y por las mismas calles vagarás. Y en los mismos barrios envejecerás y canas te saldrán en estas mismas casas.
y que al final no dejan más que soledad y cansancio:
Después de un solo abrazo la carcoma insiste.
Todos estos viajes son viajes de vuelta, intentos de retornar a la tierra originaria, al hogar, a la “célula esencial”, a ese lugar ansiado del que un día caímos irremediablemente. ¿La naturaleza? ¿La infancia? ¿La nada?:
… ese incubarse volviendo a subir de cabeza por la cavidad primaria, pero al revés, con el fin de nacer de nuevo.
Se trata de una obra intimista con el poder de escarbar en la intimidad de cualquier animal de ciudad. Unas veces nos encontramos a nosotros mismos en un poema, en un verso, y se opera el milagro de la identificación, del “Je est un autre” rimbaudiano. Otras veces vemos la secuencia de las imágenes como en un cinematógrafo: no hace falta que el poema narre explícitamente una historia; basta con ciertas imágenes para revivir (volver a vivir), como frente a una pantalla, escenas que se han quedado en lo más profundo de nuestra psique: alguien vagando por una callejuela o una gran avenida, la lluvia tras la ventana, el desorden de una habitación y en ella una mujer, a lo mejor fumando un cigarrillo y anhelando… Es lo mismo que me pasa cuando leo, por ejemplo, el “Nocturno pluvioso en la ciudad” de Peri Rossi:
De noche, bajo la lluvia a lo largo de la avenida la luz de una cabina telefónica
y continúa el pequeño drama del hombre que suplica patéticamente por teléfono, mientras fuera de la cabina se suceden una infinidad de otros dramas igual de superfluos y de vitales, hasta que se le acaban las monedas y se pone a caminar bajo la lluvia.
Todos los elementos de la vida en la ciudad hacen presencia en esta obra: la soledad, el aislamiento en medio de la hiperconectividad, la noche con sus luces artificiales, la geografía de las calles semejante a nuestra geografía interna, que constantemente se derrumba, a pesar de su triste “necesidad de orden”, y sólo queda la geografía de “la memoria remota”, acentuando más la soledad del “yo” poético que, “pobre de caricias, vaga por calles estrechas”. Y acompañando esa soledad, está el deseo:
Quisiera que fueras tú, quisiera que nada se quedara sin quebrantar, beber cuanto rebosa del vaso…
que, sin embargo, no salva, como veremos luego.
En el segundo poema parece haber profetizado el confinamiento al que nos sometieron las más grandes mentes criminales de nuestro tiempo: “Nos han pedido salir lo menos posible, / solamente si es urgente”, con la excusa de defendernos “de las bacterias, de las esporas, de las sonrisas / que no hubiese encontrado”, de ese calor humano ya de por sí escaso allí donde más gente hay, de aquello que nos hace ser quienes somos más allá del esmog, las bacterias y el plástico fundido. Se revela aquí la farsa de una asepsia irrisoria en medio del humanero inmundo.
La segunda parte del libro, “La noche más larga del mundo”, comienza así:
… nadie se soltaría las trenzas en el río esta noche escondido detrás del placer, madre de las fiebres, principio del dolor.
Al leer estos versos recordé por antonimia el poema “En la desembocadura del Ebro” de Alceo, que transcribo en mi versión desde la italiana de Quasimodo:
Ebro, el más bello de los ríos, que en la Tracia con fuerte estruendo discurres a lo largo de tierras famosas por sus caballos, al purpúreo mar junto a Eno callado desciendes. Y allí muchas jovencitas se mueven lentamente sobre las caderas: con el agua clara en las palmas de las manos, como con aceite suavizan su piel.
La antonimia está principalmente en dos aspectos: uno, el clima, representado en la disposición de ánimo (en el poema de Alceo las jovencitas se bañan deleitables frotando su piel con el agua como con aceite; en el otro, nadie se bañaría en el río), y segundo, en la concepción del placer —que eventualmente deviene en deseo insatisfecho— como fuente de sufrimiento, como principio del dolor, concepción esencialmente contemporánea —si bien presente de vieja data en el budismo—, opuesta, podría decirse, al carpe diem; la conciencia de un sino trágico en el que el goce emparenta con la decadencia y la muerte, como dice Giancarlo Pontiggia en el prefacio a la edición italiana de La terra originale: “también el goce de Eleonora Rimolo tiene algo de fatal e indócil, de oscuro y mortal, y a la vez de íntimamente luminoso, en el que se encierra el sentido profundo de la vida, de su enigmático y soberano ardor”.
Una de las principales características de estos poemas es la concisión, cualidad doblemente virtuosa cuando se la sabe cultivar. Los poemas no sólo son breves sino también “suficientes” y poseen el don de la circularidad. En el momento en que las emociones parecen desbordarse y el poema empieza a escapar de su propia fuerza gravitatoria, llega el cierre que completa la órbita y anuncia un nuevo comienzo, como el nadador que asoma a la superficie para respirar y volver a sumergirse (aquí el nadador representa el sentido global del poema, que se revela de pronto y de pronto deja de mostrarse: sólo sabemos que está allí y que en cualquier momento volveremos a verlo).
Otra característica notoria es que, cuanto más íntimos, más herméticos son los poemas. A menudo es imposible saber desde qué vivencias en particular está escribiendo la autora, y es cuando el poema deja de decir para empezar a sugerir, que es mucho mejor. Lo que la poeta nos entrega en estos casos es su mundo interior, su interpretación de una escena que le corresponde al lector recrear en el set de su imaginación y su memoria.
Eleonora sabe, como Cavafis, que es inútil buscar la salvación, el retornar de la caída, la vuelta al origen en el mundo exterior:
Deseo yo también estas siluetas de tiernos contornos, dejarme envolver el vientre en el momento justo, aquello que no se alcanza, pero se impone a los actores de esta escena, donde las sombras son cortinas pesadísimas que nunca se abren.
Sin embargo, al final del poemario parece cifrar su necesidad y su esperanza en un “otro”, que es tanto otra vida, es decir, otro “yo”, como otro “otro”; necesidad y esperanza que manifiesta a través de objetos y situaciones en apariencia banales:
Podemos elegir todavía cómo envejecer, no hay motivo para pensar en otra cosa: dónde estar cuando el cielo se oscurezca, con cuál esponja refregarse los muslos, los riñones, y con cuál punzón profanar la herida.
… te prepararé la cena, daré las migajas de pan al piar de los gorriones y no he de preguntarte cómo es el tiempo allí, si has dormido, si alguien ha tocado a tu puerta…
… en la casa se requiere más luz, más aire entrará por las fisuras a través de las cortinas blancas, aquel calor que seca las lágrimas, el barniz. Hace falta algo para ocupar el vacío, una librería más ancha, un cómplice que ponga el pan en la mesa, un hijo que con ternura te sirva el agua dejando secar la ropa…
¿Es éste un síntoma de resignación tras la búsqueda, de acomodo a lo convencional que si antes parecía “inalcanzable” era sólo porque no servía para lo que realmente se quería alcanzar? ¿O es ésta, acaso, la tierra originaria?: La simplicidad de las pequeñas cosas, lo consuetudinario de la existencia, el no hacerse preguntas. Pero entonces volvemos al principio, al poema inicial:
Qué llenaría entonces las conciencias, cuál opinión, cuántas ideas penosas.
Se cierra un ciclo y vuelta a empezar…
Cristancho Duque 5 de junio de 2022
Poemas

Nos han pedido salir lo menos posible, solamente si es urgente: partículas sutiles, esmog, demasiadas sirenas molestas. Así me defiendo de las bacterias, de las esporas, de las sonrisas que no hubiese encontrado. Trascurren los días de la convalecencia respirando el mismo aire de siempre, percibo su obstinación, la comparo con la mía y pienso en quién se irá primero. Mientras tanto, el plástico fundido busca refugio en los pulmones de los sobrevivientes, con la lluvia no se puede deglutir, arde la hipótesis de la resistencia, áspera caridad.
De los cadáveres de los gatos abandonados en las cenizas de estos desastres crece un humo rojo naranja muy amargo, reputado veneno: quizás recordaremos esta matanza en la convalecencia, no sabes si de dicha o rabia o aburrimiento lloran abrazados aquellos dos trenzados en la banca, detrás del campanario, mientras nos envuelve a todos la misma nube escarlata, la misma suerte colosal.
Las avenidas expuestas a las luces de los faros como largos manuales de la espera: dar la vuelta era reducir el círculo a una huella, tener todavía una elección porque con el afán indecente del regreso no debemos divagar, debemos volver a la búsqueda de la casa originaria, de la primera célula esencial.
Los cerezos en la Vía Tufara se hinchan de pétalos, colman de leche las barrigas de los campesinos, que se rompen la espalda en cada surco. Hay un punto detrás de la curva ciega sobre el golfo, donde se estrechan los amantes de vieja data, los buenos amigos, los zorros hambrientos: allí debe lavarse también la vegetación, el recinto desaparece cuando el calor abate los tejados y finalmente logras sentarte, ver crecer por sí solos tus frutos, reposar en el silencio de una nueva cosecha.
El gris incienso de la sacristía y nosotros, jóvenes llamas contra la plegaria informes bultos, mudos en general: en aquellos años todo se trataba de quedarse y tu sexo no crecía —no crecía— bajo mis besos pesados como piedras. Eras impenetrable el punto cardinal de otro sitio la única metafísica posible el ayuno forzado del penitente.
Traducción de Hernán R. Vargas

Eleonora Rimolo (Salerno, 1991) es doctora de investigación en Estudios Literarios de la Universidad de Salerno. Ha publicado los siguientes poemarios: La resa dei giorni (Alter Ego, 2015 – Premio Giovani Europa in Versi), Temeraria gioia (Ladolfi, 2017 – Premio Pascoli “L’ora di Barga”, Premio Civetta di Minerva) y La terra originale (pordenonelegge, LietoColle, 2018 – Premio Achille Marazza), con el cual ha ganado el Premio “I poeti di vent’anni. Premio Pordenonelegge Poesia” y el Premio Minturnae. Junto a Giovanni Ibello ha editado Abitare la parola. Poeti nati negli anni ’90 (Ladolfi, 2019). Así mismo, con algunos poemas inéditos ha ganado el premio “Ossi di seppia” (Taggia, 2017) y el primer premio de Poesia “Città di Conza” (Conza, 2018). Actualmente es la directora del formato online de la revista Atelier y directora de la colección de poesía Letture Meridiane ed Aeclanum. En 2022 la casa editorial Pequot publicó su último libro de poemas: Prossimo e Remoto.
Comments